Cartas oceánicas

Pirlo dentro de una "Happy meal"

Algo no encaja con las leyendas que terminan sus días en la MLS, recluidos en una franquicia, parecen artículos coleccionables: Andrea Pirlo, uno de los grandes poetas, se retiró dentro de una Happy meal. Un futbolista de época que hasta el final de su carrera, encarnó el renacimiento del juego: barba tupida, melena provenzal y facha de vagabundo, se entregó al talento, desmanteló el sistema y buscó un método que a partir de la gallardía, ofreciera un estilo inaudito para los italianos. Abandonó la trinchera y pretendió la belleza. El último revolucionario azzurri escapó de las cavernas y presentó denuncia contra el autoritarismo del Catenaccio. Fue en busca del reconocimiento de la academia que hasta entonces, le discutía a su selección cuatro Copas del Mundo ganadas en defensa propia. Alrededor de un futbolista bohemio, Italia emprendió un movimiento. El problema es que nadie le siguió. Como Roberto Baggio y Alessandro Del Piero, cargó con la condena del italiano solitario. Lo único bueno del Calcio en los últimos años pasó por el lienzo de Pirlo. Mientras más viejo se volvía, mejor jugaba. Tuvo un pacto con su época: el tiempo respetó a Pirlo, y Pirlo pintó en el campo un cuadro a través del tiempo. Fue un paisajista. Desde su mirada particular sedujo extraños, pero nunca convenció a propios. Los nacionalistas del imperial futbol italiano, cínico y sin vergüenza, siempre desconfiaron de su arte. Como a Da Vinci, le escatimaron elogios y le vigilaron el sueldo. Hace algunos años que la Champions y los Mundiales no echan en falta a los equipos italianos, a Pirlo en cambio, lo vamos a necesitar. Dentro de esa Italia decadente a nivel de clubes y selección, será enterrado como artesano, fuera de ella, será velado con los genios. 

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