Cartas oceánicas

El mejor futbolista de la ciudad

Aficionado y futbolista, Francesco Totti cumplió la regla de oro de la identidad: ser leyenda en el equipo de su ciudad. Totti no solo jugó para la Roma, durante sus 23 años en el equipo continuó siendo un ciudadano más: conducía una Vespa, caminaba por sus calles, asistía al mendigo, atendía a los tiffosi y tomaba café en el mismo bar. La naturalidad con que asumió el papel de ídolo, contrastaba con el resplandor que podía confundir al futbolista joven, guapo, famoso y millonario. Su figura, un monumento urbano, se convirtió en un manual de civismo para los romanos. Y su carrera, un documento sobre lealtad, alcanzó registros propios del legionario. Nunca encontró una buena razón para irse ni buscó motivos para provocarlo. Nadie defendió tanto el nombre de la nueva Roma como Totti, y pocos futbolistas han sido identificados tanto con una ciudad. Es un legítimo héroe de barrio. Los últimos meses en el equipo de su vida fueron los más dolorosos de su carrera. Al acelerarse la decadencia del veterano, la Roma no supo estar a la altura del acontecimiento. Técnico y directiva han tratado al emblemático jugador como un costal de años. Ayer un Bernabéu repleto, experto en los grandes detalles, olfateó los minutos finales de su trayectoria europea dedicándole una ovación memorable. La relación de Totti con el club al que llegó como juvenil, se deterioró al grado de dividir a los aficionados a favor del capitán y en contra de la institución. En un intento por componer sus desatinos, el dueño de la Roma, hombre de negocios, ha dicho que Totti se irá cuando quiera irse. Ningún tifossi ha pedido que el tiempo devuelva los mejores años del futbolista, lo que han pedido es respeto por uno de los suyos: un ciudadano más.   

 

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