Cartas oceánicas

La rosa y la espina

María Sharápova vuelve entre espinas a una pista de tenis; como la rosa, su belleza bien explotada por el marketing ha sido un peligro para su carrera deportiva. Ambas líneas de esta exitosa trayectoria comercial, se cruzan en el torneo de Stuttgart donde la tenista rusa fue incluida con calzador. Un wild card envenenado llegó a su buzón al cumplir los 15 meses de sanción. Habilitada para competir por reglamento, queda la duda de si debe hacerlo por invitación, o esperar que el curso de la sana competencia termine de purificar su culpa. Objeto de deseo para las grandes marcas, la imagen de Sharápova cabizbaja y señalada, adquiere un matiz de crueldad. El mercado necesita exhibirla para exprimir los últimos beneficios que representa, pero el tenis, verdadero origen de esta historia, se niega a parecer un vulgar pretexto. La cuestión sobre la jugadora está sembrada: ¿deben girársele más invitaciones? O tiene que recorrer un difícil camino de regreso a las canchas con la seria posibilidad de no regresar jamás. Hay un alto grado de hipocresía en el juicio a Sharápova, de cuyo fuerte empuje mercantil, se han beneficiado torneos, organizadores, el circuito, y hasta sus grandes rivales. La carrera de María Sharápova recorrió como ninguna el doble camino que hay entre el marketing y el deporte: cuando perdía nos encontrábamos frente a la tenista más guapa del mundo y cuando ganaba, era una mujer de singular belleza que de repente jugaba un tenis de fantasía. En toda su trayectoria, nunca existió un punto medio que ayudara a definir si se trataba de una atleta de culto, o de una súper modelo que aprovechó su elegante derecha para crear un emporio alrededor del culto a la imagen: una rosa entre espinas, Sharápova volvió. 

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