Cartas oceánicas

Manual de identidad

La primera jornada de Champions arrojó un marcador indeleble: el 0-5 del Liverpool al Porto es una agradable noticia para el futbol mundial. Porque pocos clubes en el mundo, lejos de su isla, son tan respetados por tanta gente como el Liverpool inglés: madera de viejo roble, en el que cualquier aficionado se refugia cuando el deporte deja de ser ejemplar. Puede decirse que es el primer equipo de millones y el segundo equipo algunos millones más. Dueño de un carisma inigualable, tiene la extraña capacidad, dentro de este disputado mercado deportivo, de tener más seguidores y simpatizantes, que detractores. Todos los motivos de adhesión a lo largo de su vida, explican cualquier sentimiento que pueda representar el futbol. Al Liverpool se le sigue por herencia, nacimiento, código postal, independencia o revolución. Su afición posee los principios de un pueblo: tragedias, injusticias, caudillos, ídolos, heridas, noches tristes y días de gloria. No le falta ningún sufrimiento, ni le sobra ninguna alegría. No importa su lugar en la tabla, ni los años que acumule sin ganar un título, el Liverpool siempre se las arregla para viajar por el tiempo sin ceder un centímetro de grandeza. Mantiene la clase por encima de cualquier resultado, lo que le permite adherir fanáticos en todo el mundo sin la necesidad de exhibir trofeos. Es de ese tipo de instituciones a las que se les aprende más en las derrotas que en las victorias: más que un libro abierto, es un manual de identidad. Al Liverpool se le respeta por cosas más difíciles de igualar que un triunfo. Tercero en la Premier sin nada que pelear, lo veremos entregarse en cuerpo y alma, que en su caso es mucha, a la causa de la Champions League. ¿Favorito? No; preferido, sin duda alguna.

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