Cartas oceánicas

Doce para las tres

La Liga de Campeones cita a dos equipos con galones y blasones: Real Madrid y Juventus de Turín acampan en Cardiff escoltados por dragones. No se ven muchos partidos como este a lo largo de una vida; veinte, treinta, quizá sean muchos para un aficionado, los que puede memorizar con nombres, apellidos y dorsales en los uniformes. El de mañana será de uno de ellos, por condición social: un honorable caballero y una vieja señora; por las consecuencias del resultado: una victoria del Madrid sería catastrófica para la unión europea; y por el árbol genealógico de las instituciones: los que descienden de Di Stéfano y los que descienden de Sívori, argentinos, naturalizados español e italiano. Madrid y Juventus han parido buena parte de la historia en este deporte, de alguna forma, cientos de equipos en el mundo se reflejan en el brillo de dos clubes que lograron hacer cultura y familia con el futbol. Y aunque su parecido es relevante, a Madrid y Juventus los separa una eternidad. Once Copas de Europa contra dos, es una diferencia que apenas tiene explicación. La grandeza de la Juve, querida y conocida en medio mundo, ha servido para fortalecer una herencia que en Italia deja cuatro Copas Mundiales. Hay razones para creer que la selección italiana es hija suya. No puede decirse lo mismo del Madrid, cuya riqueza particular no ha ofrecido grandes rendimientos a la selección española, campeona del mundo en una sola ocasión. Dentro de unas horas, cuando estos clubes crucen sus antiguos batallones por el tierno campo galés, y dos gaitas de llorona memoria con hondo pulmón nos anuncien al campeón, pensaremos, sean las doce o las tres, en el mundo del futbol llamarse Real Madrid o Juventus, tiene que resultar grandioso a cualquier hora.

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