Cartas oceánicas

La ley de Newton

El Trinity College de Cambridge (1546) archiva los manuscritos de Isaac Newton sobre sus tres axiomas del movimiento: inercia, dinámica y acción-reacción. Rodeado por un patio de 400 yardas, una mañana dos estudiantes se retan a recorrerlo antes que el reloj marque sus doce campanadas: 43 segundos. Le llamaron “The Great Court Run”. La mítica carrera estudiantil que fue escenificada en la película Carros de Fuego, cuando Eric Liddell vence a Harold Abrahams, describe el origen de la deportividad: atletismo y amateurismo. Años después, Sebastian Coe, plusmarquista en 1,500 y doble medallista de oro en Moscú 80 y Los Ángeles 84, se presenta en el circuito para ganar la última competencia de su vida. El momento en que Coe vence a Steve Cram en los patios de Cambridge en 1988 es considerado uno de los más emocionantes en la historia del deporte británico. A 15 días de arrancar el Campeonato Mundial en Pekín, el atletismo experimenta, como nunca en su historia, los efectos de un desalmado profesionalismo: ganar a cualquier precio. Los deportes más antiguos de la humanidad, correr, saltar y lanzar, han perdido una credibilidad prehistórica. Ante la amenazante investigación publicada estos días, que involucra 12 mil análisis, arroja 800 sospechosos y señala a 146 medallistas en los últimos diez años, nadie se atreve a confirmar qué es lo que corre por las venas de un atleta olímpico: sangre o dinero. Sebastian Coe, vicepresidente de la Federación Internacional y quizá el último de sus caballeros, encabeza la defensa del género humano. Pero si el atletismo, el más elemental de los deportes, cae, el movimiento deportivo más importante de los hombres se detendrá; es la ley trascendental de Newton: gravedad.  

 

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