Cartas oceánicas

El jugador aficionado


Ajustará el vendaje, subirá las calcetas, anudará las botas, apretará su gafete de capitán y escuchará el chasquido de los tacos entre el campo y el vestidor. Hora y media después, su trabajo habrá terminado. La carrera de Raúl González fue un rito. Hombre de costumbres, jugará su último partido con la responsabilidad del primero. No es un homenaje, se trata de una final en la que el viejo delantero de 38 años, será decisivo el domingo con el legendario Cosmos. El respeto que jugadores como Raúl tienen por el futbol, nos recuerda que pese a todo, sigue siendo un deporte. Dueño de una trayectoria ejemplar, deja para el análisis una buena lista de principios aplicables a todas las profesiones: liderazgo, disciplina, voluntad, compañerismo, esfuerzo y nobleza. Ninguna de sus grandes virtudes tienen que ver con el juego. Raúl se hizo un nombre en el mundo del futbol porque antes que futbolista, era un trabajador. Supo llevar al campo los hábitos de cualquier civil. Esa consciencia obrera, lo identificó con millones de aficionados que encontraban en su figura un modelo a seguir. Miraban un jornalero incansable que caía al suelo y se levantaba para ganar. De todas las jugadas que marcaron la carrera de Raúl, había una que lo definía mejor que ninguna: cuando su equipo perdía por varios goles y pocos minutos en el reloj, era capaz de marcar, recoger la pelota en las redes, devolverla a medio campo a toda velocidad y presionar como un loco la salida del rival. Entonces el estadio se rendía, porque aún en la irremediable derrota, nunca dejaba sola a la afición. A Raúl se le recordará más por los partidos que se negó a perder, que por aquellos que ayudó a ganar. Raúl, el jugador aficionado, repartía esperanza.

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