Cartas oceánicas

La jubilación de Thor

Empezando por el nombre, la carrera de Zlatan Ibrahimovic gozó de un posicionamiento único en el mundo del futbol: un jugador sueco, de padre bosnio y madre croata; con la frialdad de un escandinavo, la gracia de un brasileño, la mala leche de un vikingo viejo y la envergadura de un mascarón de proa. Ibrahimovic desafió las leyes de la gravedad, flotaba con la suavidad de un ángel y remataba con la corpulencia de un coloso. No ha existido en la historia del juego un futbolista que reúna tantos metros cuadrados de talento, y necesite tan pocos centímetros para crear recuerdos: todos guardamos algún gol suyo en la memoria. El mío es en el Camp Nou de Barcelona; no es el mejor, tampoco el más importante y mucho menos el más hermoso; pero el estallido de aquel remate dio una sensación de inmensidad dentro de un estadio tan grande, que su figura me pareció la de un gigante de verdad. Al minuto 55 con el marcador empatado a cero en un clásico contra el Real Madrid, Alves descuelga por la derecha y tira un largo centro al área que Ibrahimovic prende de zurda con tal poder, que su remate se escucha por todos lados. Durante unos momentos, el Camp Nou contuvo el grito de gol aturdido por aquel portentoso disparo que había sacudido la ciudad: ¡BANG! era el martillo de un dios. El 1-0 de la victoria pertenece a una de las colecciones más valiosas del fútbol mundial. Los goles de Ibrahimovic, antológicos, son una rara mezcla de violencia y belleza, imposibles de imitar. Esas características que acuñaron la personalidad de un jugador tan agresivo como gentil con el balón, lo hacen único, irrepetible. Su marcha del United para jugar en la MLS, le colocan en la antesala de Bilskirnir: cuando el hombre cruce la línea de banda, el fútbol habrá jubilado a Thor.

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