Cartas oceánicas

El jardinero fiel

Se cumplen tres ciclos mundialistas desde que Javier Aguirre abandonó el pasamanos de técnicos mexicanos y decidió entrenar a Osasuna. Un equipo rural que pegaba balonazos contra la neblina. Al mítico Sadar, la gente iba a comprobar si su equipo mantenía el bravo espíritu navarro, o si los rivales eran bien recibidos en las siniestras condiciones de su campo. Un antiguo cementerio de gigantes. El ciudadano de Pamplona necesitaba tres aúpas y una barrida para dar el visto bueno al partido. Osasuna sufría todas las campañas, pero zarandeaba a los grandes que subían al avión con fomentos de vinagre. Cuando llegó Aguirre la pelota bajó a la tierra. Hubo que cuidar el campo, tuvo un jardinero fiel. No más charcos, el pasto recortado, la cancha bien pintada y que se distinguiera la línea de banda. Aquel tosco cuadro norteño de complejos medievales, empezó a jugar futbol. Aguirre vivió sus mejores años como técnico, 2002 a 2006, y probablemente, Osasuna sus mejores años como Club. De ahí saltó al Atlético, tuvo una buena temporada y después, al deshuesadero de los clubes rotos. Dirigió chatarra, selección del 2010 incluida. La carrera de Aguirre en España fue aceptable, no hizo escuela pero dejo un camino labrado por trabajo, honestidad, confianza y sinceridad. En su mejor momento nadie lo siguió. Y después, a ningún técnico mexicano le han vuelto a ofrecer, ya no digamos Osasuna, clubes menores en primera o segunda división europea. El entrenador en México es el eslabón más débil. Cuando no dirige es comentarista nocturno, se inscribe a un curso de verano o le pasa por arriba un argentino. No evolucionó. Doce años pasaron del primero que salió y lo más internacional desde entonces, son los festejos del Piojo

 

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