Cartas oceánicas

La inocencia de Oribe

Sin tener el don de la oratoria, Oribe Peralta tomó la palabra, articuló un debate, describió un sentimiento y conjugó un recuerdo: "Santos es el equipo que llevo en el corazón, es el equipo que apoyaba desde niño". La frase confirma una de las grandes verdades que ha escondido este negocio: los jugadores, como los aficionados y periodistas, solo podemos amar a un equipo de futbol. La expresión de Peralta, dolorosa para los americanistas, explica como pocas los valores que ha perdido el juego. Y hablando de valores, la suya fue una declaración valiente y, sobre todo, honesta. No hay nada de malo en que Oribe exprese su devoción por Santos, a final de cuentas, el futbol vive de la pasión. Clubes como América, decididos a comprar jugadores antes que parirlos, los hay en todos lados. Tampoco hay nada malo en ello; pujar por el talento que han criado otros es parte del juego. Porque apenas quedan futbolistas que lleven en la espalda el código postal. Nacer, crecer y morir en el mismo estadio, es un privilegio que pocos jugadores pueden darse. Casos como Baresi, Maldini, Giggs, Totti o Puyol, son contados. Pero retratan con exactitud el sueño de todo jugador: que me entierren en casa. El futbol está dividido en tres géneros: romanticismo, profesionalismo y materialismo. La mayoría de los nuevos aficionados, convencidos por la estúpida necesidad de ganar, olvidan que el futbol, glorioso deporte, es un buen pretexto para formar. Oribe Peralta, quizá sin saberlo, dio en el clavo: antes de pensar como futbolista, pensó como fanático. La inocencia de Peralta, para algunos una falta de respeto al club que le paga, es una auténtica muestra de cordura en un juego que todos los días va perdiendo la infancia. 

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