Cartas oceánicas

El ídolo incómodo


Al aficionado de pick up, pasamontañas, barril de cerveza y barbacoa, le cuesta aceptar que el marido de Gisele Bündchen haya amenazado la herencia de Montana, un llanero solitario, o de Terry Bradshaw, el hombre que vivió bajo la cortina de acero. Tom Brady sacudió la figura del empacador, el acerero y el cowboy, iconos de una cultura que define a la NFL como el gran pasatiempo del jornalero norteamericano. Quince años después, con cuatro anillos de Super Bowl, Brady aún no obtiene el reconocimiento de la industria pesada. Vivirá bajo sospecha. Las viejas castas de la NFL, obreros que levantan un país todas las mañanas, se sienten incómodas representadas por un quarterback de GQ. Puestos a elegir preferían a Peyton Manning, un All American Boy seleccionado en primera ronda, como el futbolista sobre el que descansará el legado de sus antepasados. Distinto a lo que sucede en otros deportes, la afición en el futbol americano no se hereda, ni se aprende. Se encuentra, es intransferible. La posición de mariscal de campo es quizá la única en todo el deporte profesional, que produce identificación por encima de un equipo. Los mariscales de campo a través de la historia reclutan afición por sí solos, su personalidad influye en el ánimo de las nuevas generaciones que buscan equipo para saberse parte de una época. Patriotas de Nueva Inglaterra, el equipo más popular de los últimos tiempos, cautivó a miles de fanáticos lejos de los condados de Brown, Allegheny o Dallas. Ésta es la verdadera trascendencia de Tom Brady, un fenómeno de masas que acercó la NFL a otra clase de audiencia lanzando balones para la historia. Entre sospechas, juicios y denuncias, la disputa entre Liga y jugador, desinfla una gran época.

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