Cartas oceánicas

Una historia de romanos

A Lucio le sobrevive su hija Cate, su esposa Myriam y Franceso Totti. El día que iba a sacarse la lotería me dijo: Jose, lo primero que haré con el dinero es comprarle a Totti un nuevo delantero para nuestra Roma. El premio nunca llegó y Lucio, un hombre excepcional, murió esperando ver campeón de Europa a su Club. Para entender el futbol italiano había que conocer a Lucio: carismático, seguro, bien plantado, terco, entrañable, ofensivo, defensivo, sorpresivo, sinvergüenza, sabio, competitivo y padre de familia: nunca daba un amigo por perdido. Pocos aficionados representaron mejor a su equipo como Lucio Marino: un legionario de la vida. Aficionado y futbolista, Francesco Totti cumplió la regla de oro de la identidad: ser leyenda en el equipo de su ciudad. Totti no solo jugó para la Roma, durante sus 25 años en el equipo continuó siendo un ciudadano más: conducía una vespa, caminaba por sus calles, asistía al mendigo, atendía al tiffosi y tomaba café en el mismo bar. La naturalidad con que asumió el papel de ídolo, contrastaba con el resplandor que podía confundir al futbolista joven, guapo, famoso y millonario. Su figura, un monumento urbano, se convirtió en un manual de civismo para los romanos. Y su carrera, un documento sobre lealtad, alcanzó registros propios del viejo imperio. Nadie defendió tanto el nombre de la nueva Roma como Totti, y pocos futbolistas han sido identificados tanto con una ciudad. Es un legítimo héroe de barrio. Las últimas temporadas en el equipo de su vida fueron las más dolorosas de su carrera. Al acelerarse la decadencia del veterano, la Roma no supo estar a la altura, hasta que se acercó una fecha determinante: retirar al jugador que jugaba como un ciudadano.

josefgq@gmail.com