Cartas oceánicas

Razón social

Han pasado 54 años desde que Rafael El Pelón Osuna ganara el US Open, único título mexicano de Grand Slam. Esta es la historia de nuestro tenis, apenas recuerdos en un álbum que parece privado, familiar. Siendo un deporte universal, uno de los de mayor audiencia acumulada, no termina por desarrollarse en nuestro país. El equipo mexicano Copa Davis que por ahora ocupa el Grupo II de la zona americana, cayó hace unas semanas con Guatemala. A principios de abril enfrentará a Paraguay en Zapopan, intentando evitar descender al Grupo III continental, un puesto humillante para las memorias del tenis. Lucas Gómez (21 años), nuestro singlista ATP mejor colocado, es el número 560 del mundo; Manuel Sánchez (26) ocupa el lugar 667 del ranking; y Luis Patiño (23), el 729. México ocupa el lugar número 57 en el ranking mundial de la Copa Davis compuesto por 132 países, y desde luego, no existe un solo tenista mexicano entre los primeros 500 del mundo. El recuento del tenis femenino mexicano es aún más pobre: Angélica Gavaldón, cuyo acento californiano era poco representativo, llegó a los cuartos de final del Open de Australia en dos ocasiones durante los años noventa; hoy, Renata Zarazúa (19 años), que se encuentra en el puesto 295 y Victoria Rodríguez (21), en el 321, son nuestras tenistas mejor colocadas en la WTA. El tenis sigue castigado por esa falsa lucha que lo acusa de ser un deporte para ricos, pretexto que justifica la falta de popularidad, audiencia, participación y patrocinios a nivel infantil y juvenil. Desde las épocas de Osuna y Ramírez, nadie ha podido desmitificar su razón social, se le tacha de deporte para “niños bien”, lo que impide que se desarrollen programas cercanos a las escuelas, los centros deportivos o las delegaciones. 

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