Cartas oceánicas

Weah: el remedio

Nunca deben menospreciar los países del tercer mundo el peligroso poder del futbol, a veces utilizado como ungüento social, otras como edulcorante nacional y en la mayoría de ocasiones, como cataplasma popular. Los últimos días del año comprobaron que el juego tiene vida más allá del campo. Elegido presidente de Liberia el 29 de diciembre con arrolladora mayoría, George Weah demostró la escasa popularidad y confianza que los ciudadanos depositan en sus gobernantes. Más vale un ídolo de carne y hueso que un político de carrera. Weah, ganador de los comicios más representativos en la vida de su maltratado país, es el último remedio de la clase política. En menor medida, electo alcalde de Cuernavaca, Cuauhtémoc Blanco encueró al poder ministerial con las propiedades humanas que el futbol garantizaba al poder ciudadano. Nadie puede decir que Cuernavaca sea una ciudad mejor gobernada con su cuestionable alcalde, como tampoco puede garantizarse que Liberia salga de la miseria, dirigida por el emblemático Weah: el castigo democrático que señala a los gobernantes intercambiándolos por futbolistas es evidente. La imagen de Liberia que recorría las agencias fotográficas de los años ochenta con niños de diez años empuñando metralletas, ahora recorre las redes sociales con la impecable estampa de Weah: hombre de pocas palabras, muchos ideales y la inocencia del deportista entregado a una causa que parece irremediable. Entre eso, y más de lo mismo, parece que la salida prudente era lanzarse al vacío. Primer Balón de Oro africano, el mejor futbolista en la historia del continente tiene la difícil tarea de demostrar que los ídolos amasados en lodo y curtidos en la pobreza, tienen mejores condiciones para entender las necesidades de la gente.  

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