Cartas oceánicas

Cuarta de ocho

En extinción, las oportunidades para disfrutar buenos futbolistas mexicanos son escasas. Cada vez hay menos figuras nacionales en los clubes y sin ellas, la Liga empeora su nivel. La identidad es un patrimonio fundamental en el mundo del futbol, cualquier organización en este juego que carezca de esa riqueza nacida en la formación de jugadores, tiene pocas posibilidades de trascender. La selección, una institución llena de contradicciones, no encuentra su lugar en ese mundo: cuarta de ocho, o decimosexta de treinta y dos, sigue sin saber a qué futbol pertenece: el formador o el comprador. El futbol mexicano de las últimas décadas se dedicó a contratar profesionistas eventuales, cuando lo que necesitaba era gente de arraigo: dispuesta a enseñar, trabajar la cantera y promover el desarrollo. En el futbol como en cualquier deporte, ganar a como dé lugar promueve el oportunismo: se paga cualquier precio y se cobra por cualquier cosa; así es como las Ligas nacionales se convierten en lugares de paso. Existe una teoría mal afianzada en el medio que coloca al futbol mexicano a la altura de cualquiera. Esta teoría es defendida con un solo partido de margen. Y efectivamente, a un partido, México puede vencer a cualquiera. El problema viene cuando hay que mantener un nivel constante a lo largo de los años. En ese espacio de la historia donde se sacrifican torneos, se regulan campeonatos y se establecen leyes generales en función de una idea, México no ha estado dispuesto a competir. Llena de victorias perecederas, la selección vive de impulsos: un triunfo, una clasificación, un quinto partido. Nunca se detiene a pensar para qué sirve ganar. Y en el futbol como en cualquier deporte, ganar sirve para confirmar que un modelo funciona. 

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