Cartas oceánicas

El futbolista de Etiqueta Negra

Profesional de la barra, leyenda en la grada, fenómeno del balón y el auténtico genio de la botella, Paul Gascoigne era capaz de poner Wembley de cabeza la misma noche que se bebía un bar con las botas puestas. Murió hace tiempo, pero internet lo revive cuando se escapa. Sin quitarse el uniforme, esta semana fue arrojado a las calles por la fuerte resaca de Eurocopa. Aquel torneo donde un gol suyo a Escocia, imposible e inolvidable, sigue siendo el más bonito que haya marcado cualquier selección inglesa. Pero cruzando la línea de banda Gascoigne entró en coma: abandonó el campo como héroe del inglés barrio bajero que aplaude a rabiar las fantasías de sus ídolos en el estadio, tanto, como sus pesadillas por las banquetas. Mientras Gazza cincela una lápida desde el sucio altillo de una covacha, los periodistas guardamos su esquela en la maleta para cuando haga falta: bisnieto de la revolución industrial, nació dentro de un barril. Se volvió futbolista en los patios traseros de Londres donde recibió una educación insultantemente británica. De etílico abolengo, fue lord del pub, conde del whisky y duque de la cerveza. Bruto como un diamante, fue promesa de los ochenta, figura de los noventa y mendigo del siglo veintiuno. Entre tanto jugador de porcelana, se nos escurre la estampa de un mito que suplica descansar en paz. Chimuelo, orejón y mal oliente, se mantuvo firme contra el marketing. Su imagen, vulgarmente original, jamás fue subastada, no hubo patrocinador que lo alcanzara. Que nadie cuestione su trayectoria, si no fue el mejor del mundo, es porque bebía mucho más de lo que sabía, y Paul Gascoigne, de futbol, sabía demasiado. Antes beberse el Támesis, ¡salud por Gazza! Un jugador de Etiqueta Negra.   

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