Cartas oceánicas

Cazador de talento

En Sevilla se heredan dos cosas: el derecho de entradas al Ruiz de Lopera, antiguo Villamarín, y los abonos del Sánchez Pizjuán. Pocas ciudades viven con tanta pasión su rivalidad metropolitana: béticos y sevillistas juegan un partido cada noche, en cada vecindad. Pero el tiempo los llevó por caminos distintos, el Sevilla miró para arriba y el Betis que siempre le llevó la contraria, miro hacia abajo. Si hay un Club que supo manejar sus recursos deportivos fue el Sevilla. A partir de la compra venta de jugadores, mantuvo a flote la economía de una organización a la deriva. El mejor detector de talento del mundo escondía sus secretos en un sistema informático y la privilegiada cabeza de un calvo: Ramón Rodríguez Verdejo Monchi, director deportivo del Sevilla FC, que a partir de la próxima temporada llevará su modelo deportivo a otra Liga. Uno de los hombres que más saben de fútbol a nivel mundial. Rara vez equivocó el tiro. Compraba un futbolista por tres y al cabo del tiempo lo vendía por veinte. Invertía ese dinero en juveniles, ojeaba cien países, salía al mercado y compraba dos futbolistas de cinco para venderlos por treinta, años después. Lo increíble del éxito del Sevilla no es la enorme rentabilidad que produjo con sus futbolistas, casi 300 millones de euros, sino la clase de jugadores en que los convirtió. Los mejores clubes del mundo peleaban cada temporada las cosechas de Monchi en el Sevilla: Sergio Ramos, Alves, Baptista, Adriano, Luis Fabiano, Kanoute, Keita, Negredo, Navas, Rakitic, Medel, Kondogbia, Bacca, Aleix Vidal, Gameiro y Krychoviac, por citar algunos. Hay equipos construidos alrededor de un presidente, un jugador emblemático o un entrenador; el Sevilla lo hizo en torno a la figura del director deportivo. 

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