Cartas oceánicas

El futbolista que se volvió estatua

Cuando un hombre se uniforma de futbolista, asume los tejidos institucionales del Club: a esto se le llama jugador. Luego están el cuerpo y el alma, elementos que bien vestidos, componen héroes. De ese tejido tan especial al que llamamos camiseta, con un escudo bien zurcido, se desprenden algunos jugadores: Sergio Ramos es uno de ellos. No habrá camiseta en la historia de Real Madrid capaz de llenar la talla que dejará este capitán. Gafete en antebrazo, pecho descubierto y cabeza al frente, cumple con todos los requisitos del futbolista monumental: algún día vestirá de bronce. A la riqueza histórica de su equipo, lleno de batallas, títulos, noches y drama, le ajusta como pocas la leyenda del central. De atrás para adelante detiene, impulsa y encabeza. Su juego, amasado en honor, distribuye los viejos valores de Real Madrid a los que la modernidad fue arrumbando. Ramos contagia madridismo, vacuna contra el anti madridismo y va pariendo nuevos aficionados por el mundo. El Madrid de las últimas dos Copas de Europa le debe un alto grado de originalidad. Sus goles son un certificado oficial. Ramos dio autenticidad al cuestionado proyecto macroeconómico de Florentino Pérez, con una dosis de entrega, fortaleza e hispanidad. La última noche, ayer, cuando su equipo parecía arrinconado en el sur de Italia, volvió a romper un par de lanzas, cabalgó con rumbo al área y al grito de “balones a mí”, ejerció de fiel escudero. Ramos reconquistó el Reino de Nápoles. Con jugadores así, es difícil perder, más que futbolistas, son espíritus. La gente acude a ellos porque su presencia suele resolver las cosas, acompañan. Ramos continúa desprendiéndose de la camiseta número 4 de Real Madrid, dentro de unos años, será una estatua. 

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