Cartas oceánicas

Lobo sentado

En Rafael Puente del Río solo confiaban sus padres, hermanos, familiares y amigos cercanos. Meses después, es un técnico revelación del futbol mexicano. Bien plantado, última moda, marcando bíceps, apretando mentón, hijo de familia, sano, con futuro y pinta de galán; es el típico cabrón que despierta envidia entre los aspirantes a mamón. Sin embargo, no es el empaque de Rafa lo que molestaba al entorno, al arremangarse toda envoltura es desechable, con el esfuerzo se arruga. El problema con Puente es que no era Hugo Boss el que hablaba, como la mayoría creía, el tipo dentro del traje de verdad sabía. Y todo este conjunto en un medio lleno de complejos, etiqueta. De su carrera como jugador no hay rastro. Después se le acusó de artista, alimentando el alto vacío de la crítica deportiva. Heredó como sucede en este medio los enemigos de su padre y los amigos de su madre. A los amigos hay que mantenerlos y a los enemigos, convencerlos. Para ello hay herramientas: educación, preparación, trabajo, humildad, y hasta el silencio. Todos son derechos individuales, no paternales, como se piensa. La diferencia está en el tipo de leche: hay que deslactosar a la crítica del veneno. Cuando Rafa llegó a Chivas convenció por su espíritu reformista, pero una reforma sin tiempo no es reforma, sino revolución. Y las revoluciones son inexactas, impacientes y violentas. Antes de volverse un entrenador con ideales, prometedor estilo y marcada personalidad, su paso por ESPN fue determinante en esta historia. Ahí encontró madurez, reflexión, y un líder como Armando Benítez que le demostró la nobleza de una puerta grande y abierta. Caminó solo, afiló el colmillo y encontró una buena banca, se sentó, decidió vivir como los lobos: hambriento y en manada. 

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