Cartas oceánicas

El portero que perdió el aplauso

Con 175, Íker Casillas se convirtió ayer en el jugador con más partidos de competiciones europeas en la historia, sus manos son un relicario: llagas, nudos, callos, huesos rotos, dedos torcidos, ampollas. Los milagros dolorosos, el rosario de un equipo. Antes de Casillas, la portería del Bernabéu era un lugar al que los historiadores recurrían para hacer una crónica de catástrofes, hasta que su legendaria figura, mantuvo la peste a raya. El portero de un Club grande sirve para dos cosas: levantar y sostener. Alejado de las zonas del campo donde se modelan camisetas, su pecho, un órgano vital del madridismo, funcionaba como costal de golpes. Cuando nadie se atrevía a cuestionar al delantero millonario, siempre quedaba el portero para culpar. Casillas fue institucional: ponía las manos en las buenas y la cara en las malas. Al final, los porteros son los monjes del futbol: reflexivos, solitarios, espirituales. Están al servicio de la calma. De Casillas poco podemos decir que no hayan dicho las imágenes. Basta revisar el álbum del futbol mundial en los últimos años, para encontrarnos una foto suya en cada página. Dos Eurocopas, un Mundial, tres Champions, un Mundial de Clubes y cinco Ligas. En el ocaso de su carrera con el Porto, nada se le puede reprochar más que los años. La edad es una cruel biógrafa de los héroes. Esa inquebrantable marca que estableció, corre el riesgo de señalarlo como viejo, una crueldad. Porque Casillas la alcanzó enfrentando a otro enorme guardameta al que los años han tratado diferente. Mientras la edad de Buffon (39), se registra en cada partido como un dato histórico, la de Casillas (35), aparece como un reproche: veterano, acabado, lento, inútil. El futbol no aplaude a todas sus leyendas por igual. 

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