Cartas oceánicas

Popularizar la F1

Cayó el último de los dirigentes perteneciente a una generación acostumbrada a eternizarse al frente de los grandes organismos deportivos: el octogenario Bernie Ecclestone abandona la Fórmula Uno tras cuarenta años de control. A pesar de su filosofía expansionista, el automovilismo, en especial la F1, no representa un deporte sencillo de seguir, practicar o afiliarse. Sin embargo, es un deporte, y como tal, ha sido parte de la enorme ambición, influencia y poder que produce encabezarlo como a cualquier otro. Algo tienen esos tronos deportivos que terminan canibalizando a quien los ocupa pero al mismo tiempo, son tan difíciles de abandonar. La comparación no es del todo exacta, Ecclestone era un empresario, pero fue para la F1 lo que Havelange o Blatter fueron al futbol. Patrocinadores, escuderías, pilotos, autódromos, sedes, ciudades, reglamentos, medios y aficionados alrededor del mundo dependían de las decisiones de un ácido señor inglés. Con el tiempo, la F1, que en su momento Ecclestone recuperó, reorganizó y relanzó, se volvió su particular y aburrido circuito cerrado. Durante años, Ecclestone se negó a modificar las grandes y pesadas estructuras que sostenían la F1 como él la interpretaba: un negocio particular. La venta de los derechos para explotar y gestionar la competición al grupo estadunidense Liberty Media, no garantiza que la calidad del deporte, con sus pilotos y constructores, mejore. Pero nos da una idea de hacia dónde va la F1 como espectáculo. Un campeonato con nuevos reglamentos, diferentes formas de comercializarse, distribuirse y producirse para la televisión y sus pantallas alternativas, que además, se apegue al gusto de un sector de la afición que llegó a preferir la Serie CART: popularidad. 

josefgq@gmail.com