Cartas oceánicas

El festejo de gol que nadie atendió

La historia de la selección española nunca fue admirable, su juego y sus equipos eran ordinarios, atrapados en el más común de los estilos: furia, garra, entrega. Nada que patentara un sello, ni representara la enorme riqueza humana y cultural de su país. En España siempre fueron los clubes quienes hicieron del futbol español uno de los más importantes del mundo. Antes que la selección estaban Real Madrid, Sevilla, Betis, Valencia y desde luego, el Athletic Club de Bilbao y el FC Barcelona. Cada uno jugaba por su lado y ninguno para España, que carecía del valor más importante del futbol: identidad. Hasta que llegó Luis Aragonés y con sabiduría castellana, entregó el balón a los futbolistas del Barça. Alrededor de una brillante generación de jugadores criados en Cataluña y encabezados por Xavi, Puyol, y el manchego Andrés Iniesta, se alinearon andaluces como Ramos, vascos como Xabi Alonso, madrileños como Íker Casillas o asturianos como David Villa. Campeona de Europa en 2008, la selección de Luis Aragonés consiguió que un sencillo equipo de futbol jugara como una nación: España había encontrado su identidad. Aquel milagro social que sacó al español de su regionalismo para llevarlo a las plazas, continuó con el salmantino Vicente del Bosque. Un noble caballero de la vieja escuela de Real Madrid que no tuvo empacho en asumir la escuela del Barça, como esencia de la selección española. Aquel equipo ofreció su representación más grandiosa con una imagen retratada en la ciudad sudafricana de Durban: al minuto 73 de la semifinal vs Alemania, Carles Puyol y Gerard Piqué se lanzan al ataque en nombre de España, juntos y en el aire, rematan el centro que había puesto una nación. En el festejo de ese gol, estaba la solución al conflicto. 

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