Cartas oceánicas

Mi familia, mi portero

Nació portero y morirá portero; pero vivir como portero explica su marca. La de Oswaldo Sánchez, un futbolista al que la estadística fundirá en acero. Durante el fin de semana guardará 698 partidos en sus manos. Algo tendría en esas manos que tranquilizaron o emocionaron a muchos, hasta el punto de mantener con vida sus juegos. Dormirlos, mecerlos. Acurrucarlos para siempre entre esos clásicos suéteres de portero, del guardameta entrañable que jugó para Chivas, América y selección nacional. Una posición paternal. Casi una secretaría de Estado: ser portero de México. Porque los porteros sin importar el cuadro son un poco padres o hermanos mayores. Se entrenan para líderes. Cuidan, protegen, enseñan. Quizá por eso viven tanto. Se vuelven patrimoniales, heroicos, son monumentales. Los tipos diferentes, el muchacho loco, el jugador valiente. Se nace portero, se vive portero, Como Oswaldo, el primero de los jugadores, el último de los futbolistas. Más que profesión es una raza: la de portero. Muchos otros como Oswaldo se enraizaron en los estadios, son madera de cuadro. Sobre sus lomos sostienen títulos, levantan historias, amasan afición porque se quedan, siempre están. Todos abandonan pero ellos permanecen ahí, en los museos del club, inventariados como murallas, fortalezas o castillos. El portero es el alma de un equipo, su capitán. Sirva el dígito de Oswaldo, nuestro caballo de hierro, para homenajear al tipo de futbolista más reconocido en México, los más constantes, ellos, nuestros porteros. De Carbajal a Tubo Gómez, de Calderón a Rafael Puente, Jorge Campos y Oswaldo Sánchez; mexicanos con vocación de solitarios. Los guardianes del campo, los cuidadores del sueño, nuestros familiares, nuestros porteros.  

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