Cartas oceánicas

Intercambio cultural

La breve trayectoria de la selección islandesa representa una de las historias más románticas de los últimos tiempos, junto al Leicester, Islandia cautivó al futbol con un mensaje que ha perdido valor en la industria: humildad. La Eurocopa donde cobró dimensión a partir de una íntima relación con su afición y su país, bien documentada en redes sociales y por medios de todo el mundo, le permitieron alcanzar en poco tiempo los objetivos que a muchas selecciones les cuesta años conseguir: notoriedad, cobertura, competencia, popularidad y crecimiento. Algo parecido a este fenómeno, a otros niveles, sucedió con la selección costarricense durante el Mundial de Brasil, una oportunidad que los “ticos” por diferentes razones no han podido explotar al máximo. Pero aquí está Islandia; pequeñita, entrañable, solidaria y bien representada por un grupo de jóvenes ciudadanos con vocación de jugadores. De los futbolistas que enfrentarán esta noche a México, solo uno formó parte de aquella célebre selección del 2016 que llevo al límite el significado de estado: jugó como un pueblo, se comportó como un pueblo y festejó como un pueblo. Hay equipos que se parecen a su gente, y otros como Islandia, que alinean a su gente en el campo. Cuando esto pasa el futbol se vuelve cultura, en eso están los islandeses que han empezado a comprobar los misterios humanos y comerciales de este juego. Uno de ellos, enfrentarse a México, por ejemplo, en Las Vegas. Escenario que por muchas razones, está en las antípodas de lo que Islandia entiende por jugar al futbol. El choque, más que por lo deportivo, será interesante como intercambio cultural. Una de las selecciones mejor comercializadas del mundo, recibe a otra que empieza a formar parte del ciclo vital. 

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