Cartas oceánicas

Espectadores

Al terminar la semana del Abierto, el poco tenis que resiste en nuestro país volverá a la carpeta de asuntos pendientes que quedan por resolver en el deporte mexicano. Un años más, nuestro tradicional Abierto ha sido desaprovechado como plataforma de lanzamiento para un proyecto nacional que permita al tenis desempolvarse. No tenemos una voz ronca como la del legendario Yves Lemaitre, hombre que encarnaba la maestría de este deporte con pureza, elegancia y agudeza; capaz de señalar el futuro por el camino de la formación. La diferencia entre organizar un Abierto y jugar un Abierto, es mucha: México es un gran espectador que parece conforme con su típico papel festivo. En los últimos veinte años, españoles y argentinos dominaron el tenis mundial sin ser grandes potencias económicas. A la fecha, España suma catorce tenistas y Argentina nueve, entre los 100 primeros lugares de los rankings ATP y WTA. Su programa de desarrollo sigue siendo el modelo a seguir. Nadal, Almagro, Del Potro, Ferrero o Nalbandián, por ejemplo, no emergieron de una clase alta, acomodada, educada en Oxford o Cambridge. No, el mito del tenis fue derribado hace mucho por los sistemas de selección y entrenamiento que fundaron los países del Este, duros y obreros. Desde la antigua Checoslovaquia de Lendl y Navratilova, o la Rumania de Nastase, ya se había demostrado que el tenis, señalado por su origen monárquico, basaba su éxito en la búsqueda nacional de talentos naturales y su correcta instrucción. En México se sigue creyendo que el tenista nace, no se hace; y esa espontánea concepción del tenis es la que impide a millones de mexicanos la oportunidad de practicarlo, amarlo y admirarlo, como uno de los deportes con mayor frecuencia de juego en el mundo.

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