Cartas oceánicas

El efecto Materazzi

El 22 de mayo del 2010, seis Champions atrás, el Inter de Mourinho salta al campo del Bernabéu con los brasileños Julio César, Maicon y Lucio; los argentinos Walter Samuel, Javier Zanetti, Esteban Cambiasso y Diego Milito; el rumano Chivu, el holandés Sneijder, el macedonio Pandev y el camerunés Samuel Eto’o. Al minuto 68 entra el serbio Stankovic y al 79’ el ghanés Muntari. Al minuto 90, con el partido decidido 2-0 a favor del Inter sobre el Bayern, Mourinho sustituye al goleador Diego Milito y en su lugar mete al italianísimo Marco Materazzi. Materazzi juega dos minutos, la Final concluye, el Inter es campeón de Europa cerrando una temporada brillante que incluye Scudetto y Coppa Italia. Aquella tarde en Madrid, la hinchada del Inter grita los goles por todo lo alto, canta a rabiar el “Pazza Inter” y corea varias veces el nombre de su entrenador. Pero la ovación más grande fue para el recio Materazzi, el futbolista más limitado de los 27 que jugaron el partido, era el único italiano. Los tifosi celebraron la entrada del defensor como un homenaje al viejo Inter y a toda Italia, a final de cuentas, el Inter es un estandarte del calcio y Materazzi, por increíble que parezca, era el último eslabón de su historia. Mourinho ganó el triplete en Italia sin italianos, en ese momento no hubo reproches, pero dejó la cantera como un secarral. Aun ganando, el Inter perdió toda su identidad. Las temporadas siguientes terminó segundo, sexto, noveno, quinto, octavo y cuarto. Desnaturalizado, sin futbolistas jóvenes y nacionales, extravió su linaje como la mayoría de clubes italianos. Las consecuencias son arrasadoras, llegan hasta su selección, eliminada en primera fase los últimos dos mundiales.  

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