Cartas oceánicas

A la deriva

El tiempo dirá si el gesto del COI con los atletas refugiados es parte del profundo giro que dará el movimiento olímpico, o es un detalle cosmético que enjabona la imagen de un organismo que debe alejarse de la política para recuperar los fundamentos que le dieron una consistencia humana. Por lo pronto, el olimpismo vistió, abanderó y alimentó, la causa de cuatro mujeres y seis hombres que salvaron su vida nadando hasta una orilla, escapando de las balas o peleando por comida: la judoka Yolande Bukasa, nacida en el Congo y refugiada en Brasil; las corredoras Anjaline Nadai de 1500 y Rose Nathike de 800 metros, nacidas en Sudán del Sur y refugiadas en Kenia; la nadadora Yusra Mardini, nacida en Siria y refugiada en Alemania; el nadador Rami Anis, nacido en Siria y refugiado en Bélgica; el judoka Popole Misanga, nacido en el Congo y refugiado en Brasil; los corredores Paulo Amotun de 1500, James Nyang y Yiech Pur de 800, nacidos en Sudán del Sur y refugiados en Kenia; y el maratonista etíope Yonas Kinde, refugiado en Luxemburgo. En el grupo destaca la representativa historia de Mardini, la chica siria de 17 años que se lanzó al agua junto a su hermana, para evitar que el peso hundiera un bote inflable con veinte personas a la deriva en el Mediterráneo. Acogida en Berlín, Mardini recuperó su vida de estudiante y se preparó para dos pruebas de velocidad: 100 mariposa, terminando primera en su serie, pero a 14 segundos del mejor tiempo el sábado; y en los 100 libres, que nadará el miércoles. No se trata que el equipo de refugiados olímpicos nos conmueva, verlo competir en igualdad de condiciones es lo que provoca una reflexión individual: ahí está el milagro del famoso espíritu olímpico y la fuerza de su movimiento.

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