Cartas oceánicas

Citius, altius, fortius y Slim

El deporte goza de una variable ineludible para los nuevos medios, su naturaleza es en vivo y en directo. El prime time lo asigna el evento, nunca el horario. De esta forma, los acontecimientos internacionales significativos para la afición no son carpetas de descarga digital. El huso horario es categórico. Nadie vibra con un partido diferido, ni lo almacena en el disco duro de un dispositivo evitando al vecino que sabe el resultado. El juego, cualquiera que sea su duración, caduca: la competencia es un capítulo irrepetible. Este es el gran déficit del fenómeno on demand; que encumbró modelos como Netflix. Esa capacidad única para convocar personas con el mismo motivo, hora y lugar, encarece veladamente sus derechos de transmisión en mercados donde la segmentación y fragmentación de la audiencia son decisivas al momento de patrocinar o programar contenidos como el cine, las series o reality shows. El deporte, única novela de prescripción masiva y espontánea, continuará siendo el mejor invento para la televisión tradicional. El debate es definir cuál es la nueva televisión: la que sostienen las marcas con su inversión, o la que depende de suscripción voluntaria de la gente. Los Mundiales, Champions, Ligas de futbol, tenis, NBA, NFL, MLB, golf o las grandes peleas de box han ido migrando desde los años ochenta -con el surgimiento de la redentora TV por cable-, al Pay Per View. Columnistas mexicanos cuestionan con demagogia la emisión de eventos formativos como los Juegos Olímpicos en plataformas de pago. Cuando lo que deberían denunciar, en una democracia, es la ley que excluye a los medios digitales de ser un servicio digno: alcanzar mayor penetración y ofrecer precios de populares de televisión.

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