Cartas oceánicas

La cumbre de París

Santiago González decidió entregarse a la soledad del tenista profesional, que en el caso de los jugadores mexicanos, se convierte en un apostolado cuya única motivación se encuentra en la estricta superación personal. Hay muchas voces interiores en esa lucha íntima: abandona, sigue, detente, inténtalo una vez más; que entre una ciudad y otra, o en medio de una sala de espera desierta, persiguen al deportista independiente, que depende de su fortaleza mental. Durante toda su carrera, González transitó por las pistas más importantes del tenis. Como un nómada, raqueta en mano, se buscó la vida entre hoteles, aeropuertos y oficinas de representación comercial, encontrando el patrocinio que le permitiera pelear un torneo más. Jugador de mil batallas, es otro de los sobrevivientes del tenis nacional. Abandonados por su afición, huérfanos de federación y arrumbados por la televisión, los tenistas mexicanos se mantienen con vida en este deporte amarrados de un arnés en el ranking mundial. Finalista de dobles en Roland Garros junto al estadunidense Donald Young, ha impedido que el tenis mexicano se desplome todavía más. Es un viejo sherpa, que acostumbrado a caminar en pareja, logró llegar a la cima de su carrera particular. Para encontrar la bandera mexicana en una de las cuatro cumbres, hay que regresar a los tiempos de la madera, el cuero en la empuñadura y las muñequeras de algodón natural: Raúl Ramírez, que como doblista fue colosal, ganó París por última vez en 1977, seis años antes del nacimiento de González en Córdoba, Veracruz. El título de Grand Slam, en caso de conseguirlo, pertenecerá a su familia que deberá colocarlo en un pedestal; la carrera de González es otra historia del deportista que venció a la soledad.

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