Cartas oceánicas

Las mejores amigas de Cuauhtémoc

Abandonó el Palacio donde intercambió la piel del ídolo por el cuero viejo de una silla que tenía las patas recortadas y el respaldo pelado a navajazos; después, arrancó en peregrinación rumbo a Catedral. El camino entre Iglesia y Estado fue recorrido con astucia. Un cambio de juego de lado a lado de la cancha, que levantó a la grada en un momento crítico del partido. El público apreció la maniobra de un jugador canchero que estaba quebrando la cintura del rival. A ras de campo, sentado en la banqueta donde tantas veces se había vuelto crack, nadie se atrevería a retarlo. Llegó hasta la orilla del Templo, tomó asiento, firmó autógrafos a policías, organizó una ola con ciudadanos, lanzó una porra contra diputados y emplazó al hambre a una huelga; allí, en el mismo sitio donde la conoció y con un balón pegado al pie, logró escapar de ella: la calle era de Cuauhtémoc Blanco. Cuesta trabajo interpretar la escena pero sucede en un país donde se detiene el tiempo, o peor, se desaprovecha por completo: futbolista legendario oficializa su condición de ídolo en comicios, es electo alcalde, sube al trono, gambetea al poder, comete falta, mete las manos en el área, es expulsado del campo y la disciplinaria, ante la peligrosa habilidad de un delantero que se está convirtiendo en un incómodo opositor, decide regresarlo al juego. Las últimas horas en la vida del Alcalde de Cuernavaca -una breve revolución en el Atrio de la Iglesia-, despellejan al entrañable futbolista metiéndolo de lleno en el cuerpo de un viejo político. La memoria del futbolista terminará cuando caiga el primer recuerdo popular, el Alcalde, con una finta por la izquierda, acaba de revivir al jugador: el hambre y la calle siempre fueron las mejores amigas de Cuauhtémoc. 

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