Cartas oceánicas

Croacia: sin revolución no hay evolución

Con figuras o sin ellas, Croacia nunca ha representado mayor problema, dos victorias en Copas del Mundo son suficientes para definirla como un equipo europeo a la medida de México. No debe hacerse mayor escándalo por sus bajas, aun con Modric, Mandzukic, Subasic o Perisic, Croacia no era favorita en el amistoso de mañana: es una selección independiente, no revolucionaria. Le sobran jugadores de talento, coloca cracks en los clubes más importantes del fútbol mundial, pero al llegar con su selección, el croata falla: parece que todavía no asume el concepto de nación. Su última generación exitosa fue liderada por Zvonimir Boban, el mejor futbolista que Croacia haya dado. Los hay más famosos, Suker, Prosinecki, Jarni y hasta Modric; pero no con más categoría, Boban desmontó a la vieja Yugoslavia. Jugaba en silencio, apenas hacia ruido, era el mejor para conducir la pelota pero lo que verdaderamente disfrutaba, era pasarla. Esa distinguida elaboración del juego que ha definido a los croatas como futbolistas de una enorme imaginación, ha ido en contra de su productividad. La herencia de Boban representa como ninguna el estilo del fútbol croata: técnico, elegante, creativo, pero solitario. Y aunque Croacia no ha dejado de exportar grandes futbolistas, sigue sin encontrar un grupo que se comporte como equipo; suele sufrir como selección, al Igual que Boban, es un cuadro genial pero alternativo. Algo sucede con los talentosos países del Este Europeo que no son capaces de crear una tendencia, son selecciones que nacen por generación espontánea, dependen de una buena camada y desaparecen. La gran virtud de Croacia y al mismo tiempo su punto débil, es la cabeza: como Boban, un genio silencioso, nunca sabremos en qué estaba pensando. 

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