Cartas oceánicas

La estatua que duró un segundo

Hercúleo y enérgico, el cuerpo del futbolista moldeado en oro se sostuvo con todos sus quilates en el aire. El segundo que duró el remate lo convierte en una obra de arte: efímera, pero eterna, como todas las grandes jugadas, el gol de Turín es una estatua. Para recordar el partido de Juventus y Real Madrid volveremos a ese monumento las veces que hagan falta. Al minuto 63’ y con la eliminatoria disputada, Cristiano dejó una imagen coleccionable. Motivo de mil portadas, la estampa tiene una vida por delante: le acompañará hasta el día de su retiro y quizá, tenga un sitio en su lápida. No se trata del gol por su plástica, sino del gol por su importancia. Pocas anotaciones tan hermosas son al mismo tiempo, asesinas. El 0-2 del Madrid a la Juve, en su estadio, con Buffon de cara, entre su gente y con la eliminatoria competida; mató con esplendor a un equipo que merecía morir de belleza. La Juve murió en honor al arte, Cristiano la eliminó con maestría. Aplaudida por la afición rival, la idea que tuvo el atacante fue proyectada, esculpida, expuesta y homenajeada, en un instante. Después, en el mismo plano de su existencia, desapareció en el aire. La carrera de los grandes jugadores multiplican su trascendencia con esta clase de goles: imborrables, por su inspiración; puntuales, por su geografía; y categóricos, por la victoria que dan a sus equipos. Vencer a la Juve en una etapa decisiva no está al alcance de cualquiera, hacerlo con distinción, es un lujo que el Madrid puede darse. Instalado en semifinales de Champions y a hombros de su gran figura, un atacante de leyenda, el vigente campeón de Europa asume su posición de favorito con la naturalidad de los inmortales: gane o pierda, el Madrid de Cristiano es inolvidable.  

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