Cartas oceánicas

La condena del vikingo

La selección islandesa llevó al límite el significado de estado: jugó como un pueblo, se comportó como un pueblo y festejó como un pueblo. Hay equipos que se parecen a su gente, y otros como Islandia, que alinean a su gente en el campo. Cuando esto pasa el futbol se vuelve cultura. Milagros como el de Islandia, un país pequeñito triunfando en un torneo grande, confunden las dimensiones del juego. Nuestras opiniones suelen aprovechar este tipo de hazañas llenas de humildad, para compararlas con los fracasos de selecciones mayores, llenos de soberbia. El heroico campeonato del Leicester a nivel de clubes, es otro ejemplo. En ambos casos las circunstancias de su éxito son excepcionales. No se le puede pedir a Inglaterra que se comporte como Islandia, ni al United como el Leicester. Tampoco comparar las vicisitudes que convirtieron a estos cuadros en un género romántico, porque precisamente fueron esas carencias las que les dieron identidad. Sus historias no son irrepetibles por increíbles, son irrepetibles por ser únicas: tanto Islandia como el Leicester, han dejado un recuerdo que les obliga a repetir una secuencia de eventos que suceden una vez en la vida. A partir de la próxima temporada el equipo inglés tendrá el triple de dinero y las tres próximas generaciones de islandeses tendrán al futbol como deporte nacional. Nada volverá a ser igual para estos equipos, de la misma forma que no lo fue para los primeros campeones del mundo, obligados a partir de esa fecha, a jugar como tales el resto de sus días. Lo más complicado del deporte no es jugar como un grande siendo chico: esta condición asiste al valiente vikingo; lo más complicado es jugar como un grande siempre: esta obligación condena al ganador.

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