Cartas oceánicas

El espíritu de Columbus II

El triunfo de la selección en Columbus ayuda a recuperar muchas de las virtudes que promueve un representativo nacional, la primera, el valor de una institución que a pesar de los intereses que la rodean, lleva el nombre de un país. México estaba empezando a desconfiar de una selección demasiado expuesta al manoseo deportivo, el jaloneo comercial y los constantes ataques de un medio que exigía una representación honorable. El uso y disfrute de la selección, había pasado por encima de aquellas obligaciones que están comprendidas en la camiseta. La gente había olvidado para qué sirve una selección nacional cuando una terrible confusión entre espectáculo, negocio, o la defensa de la Patria, se instaló en la opinión pública formando parte del desconcierto y el desencanto en cada derrota. México ya no distinguía a 23 muchachos uniformados de futbolistas tras los cuales, hay cientos esperando convertirse en seleccionados, miles esperando convertirse en futbolistas y millones esperando poder desarrollarse como profesionales en cualquier materia. La idea de una selección como un grupo ejemplar que representa lo mejor de nuestro país, se diluía. La sensación de que cualquier mexicano se entregaría más que cualquier seleccionado, se extendía a niveles jamás vistos después de la goleada contra Chile. Ganar en Columbus durante una noche apremiante, era clave para que la gente volviera a confiar en un grupo de mexicanos que deben identificarse con millones de jóvenes capaces de sacar adelante un país; misión más relevante y necesaria que cualquier partido de futbol. México no podía seguir teniendo un equipo que representara tan mal, a tanta gente tan buena. Afortunadamente en Columbus, la selección volvió a estar a la altura de su gente. 

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