Cartas oceánicas

El clásico motín de Camerún

Samuel Eto’o volvió amotinarse en el siniestro aeropuerto de Yauondé, custodiado por militares y con Paul Biya al teléfono, el delantero y el presidente de la República negocian los pagos de su selección con el avión encendido. Los jugadores se plantan sobre la pista y cancelan el vuelo a Brasil. Horas después Biya, presidente desde 1982 reelecto en tres ocasiones y Eto’o, que jugará su cuarto Mundial llegan a un arreglo. Los futbolistas suben al avión. Puede pensarse que el motín de Camerún los fortalece como grupo, un equipo estoico. No es así. Días antes de Corea-Japón 2002 sucedió lo mismo. Mismo presidente, mismo capitán, mismo aeropuerto y mismo resultado: Camerún fue eliminado en primera fase. Así se explica la promesa inconclusa del futbol africano en los Mundiales. Lleno de talentos, brujos, guerrilleros y futbolistas indomables. Desde Roger Milla no existe un equipo africano unido. Alrededor de aquel anciano Camerún se ganó el respeto del futbol. Milla fue el patriarca que Eto’o nunca quiso ser. Siempre anárquico, Eto’o ha mantenido un pulso civil con su federación y gobierno dentro y fuera del campo. Una pose de luchador social frente a pueblo y compañeros que no le queda. Del viejo Samuel, más gentleman que nativo, queda poco espíritu africano. Maneja un Bentley, viste Príncipe de Gales, lleva bastón con empuñadura de marfil, esclava de diamantes y pasea un Golden Retriever por Kensigton, el barrio más caro de Londres. Hasta hace un año el Aznhi ruso le pagaba 20 millones de euros anuales. Esa constante rebelión frente a entrenadores, compañeros y dirigentes como el de Eto’o, hace de las africanas selecciones insurgentes, con vestuarios permanentemente amotinados y luchas entre tribus.   

 

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