Cartas oceánicas

Giménez: un cacho de entrenador

La carrera de Christian Giménez tiene dos partes: el futbolista y el emigrante; en ambas, coincide la historia de hombre decente, vestido de jugador cruzó el campo sin mancharse, defendió la causa del capitán y dignificó la tarea del profesional; como civil, echó raíz, formó una familia, e hizo patria en México, lejos de su país.

Futbolistas como el Chaco se heredan, es la clase de deportista que trasciende y el tipo de ciudadano que emprende; sin importar cuál sea su futuro en los próximos meses, Giménez puede estar seguro que su pasado continuará presente.

Dueño de un perfil elegante, supo renunciar a la delicadeza de su juego para recorrer el camino de los líderes: de izquierda a derecha o de atrás para adelante, se entregó, con el sudor del sacrificio y el músculo del trabajador, fue un jugador obligatorio para cualquier entrenador; en las jugadas comprometidas encontraba la salida con la astucia del inventor, en las discusiones de vestidor abría la puerta con las manos del conciliador, y en las noches tristes, miraba de frente al espectador.

Su labor, más allá del jugador, es la del diplomático con un balón: Giménez siempre ha sabido estar, esa precisión mental para ubicarse y pensar, y ese carácter tan particular para mandar y dialogar, es la que le avalan para dejar de jugar y empezar a entrenar.

El último tramo de su trayectoria, uniformado y con las botas puestas, no será otro melancólico trance entre el futbolista y el jubilado; en realidad, la carrera de Giménez como técnico de futbol empezó hace algunas temporadas: jugaba de traductor.

El día que el Chaco decida retirarse colgando el gafete sobre el mostrador, despediremos al noble veterano, pero al día siguiente, daremos la bienvenida a un cacho de entrenador. 

josefgq@gmail.com