Cartas oceánicas

Inmortalidad

Algo pasa cuando un equipo desaparece, su muerte conmueve y suele unificar sentimientos y voluntades que en vida, parecen imposibles de conciliar. Será porque un grupo de jóvenes, héroes, ídolos algunos, se despiden uniformados en cumplimiento del deber; porque dieron la vida por su equipo, o quizá, porque la muerte que a veces parece elitista, muestra respeto por el deportista cuya noble armadura creemos le protegerá contra todo y entonces, pensamos que son invencibles, equivocación, nosotros los hacemos inmortales. Queda algo de vida en estos equipos que se van de golpe, queda su inmortalidad. Murió el Chapecoense 2016, Club de futbol brasileño y lo hizo entero, junto, cayó en formación, unido. Vivió como un equipo y murió como un equipo, es triste, irremediable, deja como único consuelo su espíritu en el aire que abrazará a sus nuevas generaciones de futbolistas y aficionados, y concientizará sobre la unidad que en todo momento debe guardar el mundo del futbol. Sin colores, sin particularidades. Murió el Chapecoense 2016 y habrá otra lápida en memoria dentro de un estadio. Otra trágica formación de jugadores que se unirá al Torino del 49’ y al Manchester United del 58’. Equipos a los que un accidente decidió darles vida, mala idea. Kevin Costner en su película el Campo del los Sueños sugirió que existía un cielo para deportistas, buena idea. ¿Dónde van los equipos cuando mueren? No se sabe, sirve creer que hay un sitio para ellos en algún lugar. Lo que sí sabemos es qué uniforme llevarán toda la vida, ese con el que se fueron, la playera que les acompañó hasta el último minuto de sus carreras. La muerte de un equipo deportivo impacta por inesperada, la afición iba a verlos jugar, dar la vida, no a morir. Descansen en paz.  

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