Cartas oceánicas

El pacificador

Juan Carlos Osorio llevó a la selección a ese estado de bienestar donde los equipos encuentran motivos para disfrutar practicando su deporte. Este novedoso ánimo en el Tri, por lo general un cuadro de shock, no debe confundirse con falta de tensión competitiva, necesaria para ganar campeonatos; México la tiene, ahora es una fuerza interna, ajena a los pasillos de ejecutivos, las mesas de prensa y las patios de aficionados. La selección alcanzó un punto de equilibrio entre sus poderes a partir de buenos resultados, pero también, gracias al carácter parsimonioso de su entrenador. Desde hace mucho tiempo los jugadores no acudían a las convocatorias de selección en busca de serenidad. Muy lejos de esa calma deportiva, el futbolista encontraba en estas concentraciones un polvorín que estallaba con el primer resultado negativo o declaración fuera de tono. Antes de Osorio, la selección parecía un lugar incómodo para trabajar. No existía un cambio de ambiente, tan necesario, entre los ritmos competitivos de un club y de una selección. Ninguno de sus jugadores la extrañaba. Ese es otro de los logros de Osorio, conseguir que el futbolista lleve a su club un aprendizaje del paso por ella, antes que, presiones, lesiones y tensiones. Para un deportista de alto rendimiento, vestir la camiseta de una selección nacional no debe limitarse a una cuestión de orgullo, mucho menos de patriotismo, esto es demasiado simple en relaciones profesionales. El paso por una selección debe transmitir conocimientos, crecimiento y experiencia, en resumen, cada convocatoria está obligada a ser un intercambio de sabiduría entre los mejores. Este nivel de competencia solo se alcanza en armonía: el triunfo de Osorio es haber pacificado a la selección nacional.

josefgq@gmail.com