Cartas oceánicas

El cabrón de Herrera

De oscuro corporativo y camisa blanca recién sacada del celofán, compareció en su primera conferencia mundialista. Conservador, pero sin abandonar el casco urbano que lo formó en Atlante y Neza como jugador de barrio, ofreció la sinceridad del hombre común que enfrenta su realidad todos los días: hay que levantarse a trabajar. Tras el partido con Nigeria, un rival oficial, Herrera confirma que en tiempos del cólera es el técnico ideal para México. Mantiene el mentón apretado propio de una mandíbula callejera, espalda recia, hombros cargados y el típico abdomen del ex futbolista incómodo dentro de un traje sastre. Responde sin complejos al reportero que presume “falencias” en su equipo; qué chingaos son “falencias” en un juego tan sencillo, rumió la conciencia del Piojo, mientras contestaba esa pregunta con la naturalidad metropolitana del hombre de futbol. Herrera es el único que sabe dónde llegará la selección con los jugadores que México le ha prestado. Se la entregaron golpeada dentro de un saco y con mucha vocación, la está rescatando. No parece, pero Miguel es un filósofo. Domina el lenguaje popular que tranquiliza masas y convence con léxico juvenil al jugador en cortito. Es un orador excepcional. Entiende las concesiones de la selección como producto y soporta las obligaciones deportivas que exige su profesión. Sin saberlo aceptó cuatro puestos: mercadólogo, psicólogo, comunicólogo y técnico en futbol. Tiene mérito la cosa, porque aún en su fortaleza de cabrón, es un tierno solitario del futbol mexicano. Le está sacando la chamba a televisoras, federación, bufones y patrocinadores, ese pandemónium comercial de cada cuatro años. Puede que a la selección le falten güevos, pero a Herrera le sobran.  

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