Cartas oceánicas

Sin bandera

Rommel Pacheco se lanzó del trampolín, aprovechó la distancia para dibujar una imagen en tres metros y rompió el agua con las manos dejando por los aires otra brillante exposición temporal: oro. Nuestro mejor clavadista volvía a crear un movimiento. Pero al salir del remolino, Rommel, un mexicano triunfador, era un joven sin bandera ni uniforme tricolor. Así que con la misma fuerza que utilizó para dominar la gravedad de su salto, decidió quitar hierro a un asunto grave: cantó a capela el himno nacional. En medio de la sanción que la Federación Internacional impuso a la Federación Mexicana de Natación, despojándola de representatividad, la voz del clavadista fue una lección. Nuestros deportistas, grandes solistas, representan al país y su gente que les sigue a todas partes y no a sus organismos, que siguen abandonándoles. Sin himno, escudo, ni uniforme, Rommel fue más patriota que nunca. No siguió el protocolo, no necesitó protección alguna, se lanzó tres metros al vacío y evitando el simbolismo que mantiene a tantos directivos, no lo hizo envuelto en la bandera. Encarnó al ciudadano común. Su canto solitario pudo entenderse como protesta contra cualquier federación, no es el caso de Rommel, quien encontró el modo de compartir su oro en la Copa del Mundo de una forma sencilla, espontánea y generosa. A meses de otros Juegos Olímpicos nuestros atletas siguen siendo las únicas instituciones respetables. Podemos confiar en ellos. La escena que protagonizó una de las promesas más firmes de medalla que tendremos rumbo a Río 2016, fue elocuente: el deporte mexicano que en la figura de Rommel había vencido a sus grandes rivales en la especialidad, estaba dejando solo y frente al mundo, a otro joven sin bandera.   

 

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