Cartas oceánicas

El año de la recuperación

Dos fechas destacan en el año que empieza: el 26 de febrero FIFA elegirá un presidente y el 5 de agosto el COI inaugurará los Juegos Olímpicos de Río. Ambos eventos definirán el futuro de los organismos que regulan buena parte del deporte mundial. Acosado y acusado, el futbol con su enorme arrastre ha conseguido que se dude de casi cualquier deporte y torneo. Muy pocas oficinas han quedado libres de sospecha y aquellas como el COI, que habían sido purgadas, se les relaciona con un pasado común. Río 2016, igual que Brasil 2014, cargan un alto porcentaje de culpa. Fueron sedes elegidas al amparo del desarrollo, el capital político y el oportunismo de la clase directiva que encontraba en economías como la brasileña, un pretexto ideal para disfrazar el enriquecimiento particular con el oscuro velo del progreso público.

Todo ello en nombre del deporte, que extendió un cheque en blanco para la construcción de estadios faraónicos, servicios inconclusos y estructuras innecesarias para los ciudadanos. La FIFA y el COI consiguieron distanciar al deporte de la mayoría de sus aficionados, que hoy lo consideran un desalmado negocio. Ningún país como Brasil, tan atlético, participativo y entusiasta, puede dar mejor cuenta de la desilusión que causa la corrupción deportiva. El Mundial y la organización de los próximos Juegos Olímpicos tuvieron un efecto devastador en la legendaria pasión brasileña, que volverá a sufrir las consecuencias de otro evento alquilado a la población. Si 2015 fue el año del escándalo, 2016 deberá ser el año que inicie la recuperación. La credibilidad del deporte arranca bajo mínimos, FIFA y COI, garantes de sus valores, no pueden cometer un error más. Su futuro, como nunca, está en juego. 

 

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