Cartas oceánicas

El alma de pirata

Veracruz encontró un cuadro que ya dura ocho fechas. Es segundo general, continúa invicto y dos de sus cuatro victorias, han sido como visitante. Jugar de visitante era una maldición que azotaba a los equipos del puerto. Cruzando las Cumbres de Maltrata se venían abajo. A nivel del mar había magia. Pero el futbol costero, moreno y vivaracho, moría en el Pirata. El paso al profesionalismo le cuesta un mundo al jarocho que a pesar de sus enormes cualidades con el balón, empieza y termina su carrera en el Playón de Villa del Mar, nuestra pequeña Copacapabana. Al Veracruz, al Tiburón de la era moderna, le ha faltado un ídolo nacido con la luna de plata y con el alma de pirata. Un futbolista alrededor del cual surja una generación. El gran problema de este club histórico, siempre fue el arraigo. Se volvió un equipo de paso. Pasaron directivos, gobernadores, presidentes municipales, televisoras, promotores, empresarios, dueños de dudosa reputación, descensos, ascensos, compra de franquicias, entrenadores y jugadores de todo tipo. Durante años, los Tiburones Rojos han sido un pretexto electoral, económico o social. Una moneda de cambio según la agenda política. Pero nunca ha sido visto ni aprovechado como uno de los grandes semilleros del futbol mexicano. En Veracruz, puerto y estado, se juega un gran futbol. En pocos lugares de la República hay un estilo tan bien identificado y tan distinto al resto. De la misma forma que en Guadalajara y al interior de Jalisco nacen jugadores de gran clase, a orillas del Golfo hay una enorme alegría con el balón en los pies: dribladores, gambeteros, peloteros. Ojalá la campaña de Veracruz se consolide y sirva para desarrollar un proyecto tan serio como su futbol playero. 

 

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