Cartas oceánicas

Xavi: la parte interna

En 1997 Xavi Hernández levanta la Eurocopa Sub 17 de Alemania, dos años después gana el Mundial Juvenil de Nigeria 1999 y al año siguiente, es medallista de plata en Sídney 2000. A través de los ojos de un juvenil con barbilla levantada y pies sobre la tierra, el Barcelona y la selección española miran el futuro y fundan una civilización que 18 años más tarde arroja dos Eurocopas de Naciones, 2008 y 2012, un Mundial, 2010, y antes del 6 de junio de 2015, tres Champions League. Tantos y tan prestigiosos títulos legitiman su camino por el tiempo, pero apenas sirven para explicar su trascendencia. Viendo jugar a Xavi se aprendía de futbol. Un deporte al que cada día acuden millones buscando emoción, nos promete otra versión del espectáculo: no manda el que más juega, sino el que más sabe. Y Xavi da otra dimensión al juego. Hace preguntas a los rivales, resuelve problemas a los técnicos, ofrece respuestas a sus compañeros y pone a meditar un estadio de cien mil personas. En medio de todos, de espaldas al marco o de cara a gol, tomaba la mejor decisión para su equipo, momentos después, el partido está donde Xavi lo había pensado. Se adelantaba al resultado. Pocos jugadores entendieron con tanta exactitud la máxima propiedad del balón: rueda sobre un terreno plano. Con esa franqueza, fue capaz de unir a futbolistas naturales como Puyol, con futbolistas sobrenaturales como Messi. Viena, Roma, Kiev, Johannesburgo, Wembley; cualquiera que haya sido el centro del universo, el punto más cercano a la tierra siempre era Xavi. El mejor pasador de la historia fue también el más práctico de los receptores, era un movimiento. Articuló los mejores equipos de la época con la más sencilla de las partes, la parte interna del pie.  

 

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