Cartas oceánicas

Vuelven...

No hay fotografía más triste que la de un deportista arrugado: envejeciendo. El tiempo hace más viejos a los deportistas que a cualquiera de nosotros; los vuelve inolvidables pero también, acaba con ellos. La pregunta en Río 2016 es si el tiempo acabará con Michael Phelps y Usain Bolt o ellos volverán a acabar con él. Siempre contra corriente, quebrando marcas, doblando manecillas, retorciendo huesos. El tiempo en el deporte es un coleccionista de atletas y hazañas: 61 medallas de oro entre Juegos Olímpicos y Campeonatos Mundiales acumulan Phelps (44) y Bolt (17). Estos dos hombres suman más medallas que 100 países juntos en la historia. El dato abona la existencia real de Superman. Río 2016 servirá para confirmar el impacto que el nadador y el corredor lograron en nuestra vida. La milagrosa presencia de Phelps, el mejor nadador de la historia, será tan notoria como la de Bolt: doble campeón olímpico en 100, 200, 4x100 y ahora, máxima leyenda del atletismo, superando al viejo vendaval de Alabama Mr. Carl Lewis. Durante años, Phelps y Bolt funcionaron como los ejes de rotación y traslación: el planeta se detuvo para verlos competir. Cada uno fue un sobreviviente de su tiempo, luchó contra su especie y evolucionó. Michael Phelps y Usain Bolt son el ejemplo más Darwinista que tenemos, uno respira bajo el agua y el otro, vuela. Fueron elegidos por selección natural: branquias, aletas y alas en seres de dos piernas y dos brazos. Un espectáculo para los naturalistas en que nos convertimos los aficionados a los Juegos Olímpicos: observadores de nosotros mismos. El nadador y el velocista son la auténtica evolución del deportista. A partir de ellos, descienden todos. Volverán a ser la sensación de la humanidad.  

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