Cartas oceánicas

Viaje al centro de la Tierra

No sé si sea consciente de lo que está haciendo, es un tipo que habla poco y aunque alrededor suyo los medios hacemos esfuerzos para definirlo, él se mantiene ahí, imperturbable, en lo suyo que es jugar y marcar goles. Una cantidad de goles asombrosa y una calidad de juego maravillosa. Sin decir nada siempre ha sido un futbolista que mantiene la palabra. Habla poco fuera, pero dice mucho dentro. Es su mundo. Quizá el mundo más ruidoso de todos. Su futbol es más elocuente que su voz, algo imposible de lograr en tiempos de tanto escándalo donde las palabras corren por redes sociales sin detenerse a socializar. En ese sentido es el más antiguo de los futbolistas modernos. Prefiere una milanesa napolitana en el desayunador de su casa que una cena en el Rivoli. En una semana Lionel Messi tuvo y tiene al alcance, dos registros de los que duran una eternidad. Los 71 goles de Raúl que persigue junto con Cristiano en Champions -ayer se puso a 2 llegó a 69- y los 251 goles de Zarra en la Liga. Lleva 250 y llevará la cifra hasta donde quiera. Tanto ha durado la marca de Zarra que en esas épocas a los niños los bautizaban Telmo. Un nombre tan antiguo como las botas de cuero, los balones de piel rellenos con bolsas de aire y las camisetas con abotonaduras. La imagen de Telmo Zarra en sepia, con la mandíbula cuadrada, la nariz de boxeador y el cráneo dispuesto al remate, forma parte de la anatomía del jugador primitivo. Zarra (Erandio, Bilbao 1921), es un capítulo de la Espasa Calpe en tiempos de Wikipedia. Y hacia los orígenes del futbol está viajando Messi, peleando un lugar en la tierra del deporte. Porque la inmortalidad en este juego no se predice, se gana. Y Messi lleva toda su vida evitando predicciones.

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