Cartas oceánicas

¡Uruguayooo!

Por debajo de la casaca roja trae el pellejo celeste. Los uniformes clásicos dan fe, consagran. La piel de Luis Suárez, el último ariete, es un tapiz simbólico. Jugando para Liverpool y la Selección Uruguaya está obligado a tatuarse sus camisetas, a empeñar el lomo. Entre el You’ll Never Walk Alone, la Garra Charrúa, Anfield y el Centenario, hay suficientes fantasmas para recordarle con quién juega y de dónde viene. No reniega de su pasado ni quiere parecer otra cosa, ataca como le enseñaron en casa, con la terquedad uruguaya y el arrebato británico. Suárez viene de otro siglo, es el delantero ideal para equipos históricos. Tiene los hombros cargados, la mandíbula cuadrada y la frente plana; el tipo de huesos que levantan estadios. Desde Ian Rush (30), nadie había marcado tantos goles con el Liverpool una misma temporada. El dato junto al inaplazable campeonato merecerá una placa. Con el tiempo The Kop, le cantará aquello de “uruguayooo”. Ese grito que en el mundo del futbol, reconoce una antigua raza. Todos los clubes deberían tener un uruguayo. En punta, medio campo o en la zaga, el uruguayo es entrañable, deja las tripas. Con ese juego visceral, a veces riñonudo, otras biliar, contagian. La campaña de Suárez sin el resplandor que produce el marketing, es legítima. No necesita faroles. Lo suyo de Liverpool a Montevideo es vivir del puerto. Entre los muelles, donde el balón llegaba por mar junto a otras mercancías y se distribuía por ferrocarril con el carbón, produciendo el milagro del futbol entre la migración y el mestizaje. El triunfo de Luis Suárez en el Liverpool, equipo con más aficionados que Uruguay habitantes, engrandece a la República Oriental. Tierra de trotamundos, cazadores de gigantes.

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