Cartas oceánicas

A Tigres le faltan ídolos y le sobran aficionados

No hace mucho tiempo aficionados de Tigres, los más jóvenes, asistían al Universitario vestidos de Barbadillo, Tomás Boy, Batocletti o Pilar Reyes. Improvisaban sus dorsales en camisetas sin etiqueta, pirateaban la historia del equipo porque entendían que la actual, la oficial, no daba la talla. Algunos de esos muchachos vieron jugar a los Tigres de principios de los ochenta siendo niños, pero la gran mayoría, recibió este legado a través de familiares y crónicas. Desde aquella época a Tigres le faltan ídolos y le sobran aficionados. Un extraño fenómeno norteño. Durante la semana se insistió mucho en la necesidad de buscar en la historia de ambos equipos la fórmula de la Final. Se les pedía espectáculo, vocación ofensiva, pasión. Valores con los que el futbol mexicano los identificaba a través de los años. Sin que el futbol haya aparecido en ninguno de los juegos, fue el América y no Tigres, el equipo que tuvo mayor conciencia histórica. Suele pensarse que todas estas cosas como la memoria y el respeto por sus antepasados sobran en los equipos modernos. Todo lo contrario. El América de ayer salió campeón porque a pesar de su escaso futbol, tuvo esa dosis de grandeza que permite a los clubes de su categoría ganar los partidos decisivos. Hay en el América un discurso persistente alrededor de su historia que no hay en Tigres. Derrotas como esta calan mucho más que las victorias. En los dos casos se vuelven costumbre, tradición. En ningún momento del partido Tigres tuvo el arrojo del campeón. No lo perdió en el Azteca, lo perdió en el tiempo, cuando decidió renunciar a esa herencia que aún estando presente en las tribunas de su estadio durante todos estos años, nunca ha vuelto a la cancha del Universitario.   

 

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