Cartas oceánicas

El Tigre de la Campestre

Pocas carreras recorrieron con el mismo vértigo la distancia entre la tierra y el cielo, como entre el cielo y el infierno. La revolución de Tiger Woods en el golf, solo es comparable a la de Michael Jordan en la NBA. Ambos deportistas alcanzaron niveles industriales de desarrollo. Jordan, dominando el basquetbol, volviéndolo un deporte estelar reinventado por un hombre capaz de volar y Woods, acercando el golf a todo tipo de audiencia, volviéndolo un deporte terrenal: jugador afroamericano, de familia humilde, introvertido y genial, modifica el estatus del gran pasatiempo burgués. El giro que el golf dio en su negocio a partir de Woods, supuso una derrama multimillonaria en la compra de derechos, distribución, sponsors y penetración de nuevos mercados. La imagen del Tiger, estrella del más elitista de los deportes, daba vueltas al mundo como ejemplo comercial de un hombre que derriba barreras y complejos. El golfista mandaba en los despachos más influyentes, con el mismo poderío que desplegaba su juego en los campos más señoriales del circuito. Era el rey del swing -un movimiento de incalculable valor para la historia del deporte- cuando llegó la noche. Y después, mil y una noches más. En veinticuatro horas Woods fue desvestido por la mayoría de sus patrocinadores. Su caída produjo el mismo escándalo que su lanzamiento. Una de las trayectorias más singulares del deporte quedó a los pies de los caballos. La vieja lesión que arrastra el Tigre en su machacado lomo, le impide jugar en octubre en el Club Campestre del DF. Era un buen momento para que Woods sintiera el cariño de un público que sabe reconocer las leyendas, y una buena oportunidad para que México, se deshiciera de los prejuicios que rodean al golf. 

 

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