Cartas oceánicas

Tiburón II

Lleva dos años sentado en un sofá mirando televisión, para un deportista de su tamaño con apenas 29 años y habiendo destrozado todas las marcas que tuvo enfrente, ese tiempo debió ser más que eterno, agobiante. Michael Phelps, quien dobló las manecillas del reloj cuántas veces quiso no hace más que contemplarlo. Su peor enemigo, como sucede con los grandes plusmarquistas termina por devorarlos. Es otro de los desesperantes casos del retiro. Comprueba una vez más que los atletas, adictos al triunfo, al movimiento y al nervio, no son felices cuando sientan cabeza. Lo suyo no es estar en casa, pasear al perro y leer un libro. Necesitan la competencia aunque sea por diversión. La próxima semana, 24 y 25 de abril en Meza, Arizona, Phelps renunciará a su pensión de leyenda, volverá a ponerse el traje de baño y al lanzarse al agua, abandonará su jubilación de héroe. Por primera vez desde Londres 2012 lo veremos públicamente dentro de una piscina olímpica, el único hábitat que lo mantiene vivo. Competirá en los 50 y 100 libres y en los 100 metros mariposa. Dependiendo el resultado, decidirá si se presenta a las finales del Grand Prix de Estados Unidos junto a Ryan Lochte, Katie Ledecky, Elisabeth Beisel, Natalie Coughlin y Conor Dwyer. Es un intento por demostrarse si con los 31 años que cumplirá en 2016, será capaz llegar en forma a los Juegos Olímpicos para nadar distancias cortas y las pruebas de relevos del equipo norteamericano. Los regresos de figuras como estas suelen ser muy tristes, están cargados de nostalgia y casi siempre alimentados por el morbo, la decadencia. Pero quién se atreve a decirle no a un hombre que vivió en el agua porque fuera de ella se sentía tan inútil, como nosotros en ella. 

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