Cartas oceánicas

Sonríe Ronaldinho

Pocos deportistas en el juego han hecho tan feliz cualquier balón como Ronaldinho. Pero en contraste con esa sonrisa eterna, la suya y la de su fiel acompañante, se asomaba por todos lados la nostalgia de un hombre en decadencia constante. Cuando hizo cumbre se desplomó. Ronaldinho se detuvo en el pudo, nunca a llegó a ser del todo, un jugador de época. Duró año y medio en lo más alto, aquel era su tiempo, esa fue su época. Quedan eso sí, los momentos que cada uno guarda con él. Suficientes para alegrarle la vista cansada al futbol, de tanto bellaco que anda suelto. Imposible saber hasta dónde habría llegado la carrera de Ronaldinho de no perderse entre la bruma y rumba mediterránea. Barcelona que lo encumbraba por las tardes, pasada la media noche lo devoraba. Lo peor y lo mejor de Ronaldinho tenía que ver con la calle. Por las banquetas, arrastrando una madrugada aguardentosa o tirando una pared delicada, para terminar una maravillosa jugada. Y ahí quedó lo mejor de Ronaldinho, estampado en los muros interiores del Camp Nou, donde podíamos verle por dentro. Un mosaico genial que apenas Messi y 14 títulos con Guardiola pudieron descascarar. Llega un punto en la carrera de estos futbolistas mágicos, en el que es mejor recordarlos que mirarlos jugar. Recordarlos en su mejor forma sirve para poner a buen resguardo su futuro. Disecar su figura, casi un terópodo, un velociraptor si lo permite la especie. Tanta fuerza asociada a tanta gracia, quizá nunca se haya visto. De la misma forma que tanto talento no puede volver a desperdiciarse jamás. Su llegada al Querétaro, millones más o millones menos, resume su trayectoria: Lo que pudiste ser y lo que terminas siendo Ronaldinho, no hay problema, sigue sonriendo.    

 

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